martes, 21 de agosto de 2007

Manos a la obra

Después de un domingo de asueto, el lunes volvemos al trabajo normal, o mejor dicho empezamos, porque el Vanakkam no ha tenido gran cosa de normalidad. Ha sido genial, pero normal, no mucho. Estos días en Karaikal son más que nada para mí, porque María estuvo en febrero y tiene todo muy reciente.

Las mañanas no son especialmente productivas, porque la gente está trabajando y los niños en el colegio, por lo que es difícil reunirse con nadie. Visitamos una aldea y entrevisto a varias mujeres que han recibido crédito, formación o ambas cosas para poner distintos negocios: un taller de costura, manufactura de productos de limpieza… Otra mujer nos muestra la casa que se han construido con las ayudas del gobierno y un crédito que pidieron al proyecto. Sin embargo, nos cuesta encontrar en casa a personas que entrevistar, así que nos volvemos a la oficina a comer. El auto avanza a toda pastilla por las pistas que conducen a las aldeas y al dar la vuelta a una curva, nos encontramos de frente con un elefante, conducido por su kornaka, caminando tan tranquilo por la carretera. Me produce gran emoción ver por fin a uno libre, aunque no salvaje, y me bajo del auto a todo correr para sacarme unas fotos y acariciarle la trompa. De pie a su lado impresiona su tamaño.


La inesperada aparición del elefante fue inmortalizada en foto y en video.

Las horas del mediodía son, últimamente, insoportables. El calor te aplasta y sientes la imperiosa necesidad de tirarte al suelo sobre las baldosas frescas (que no frías), así que permanecemos en la oficina, bajo los ventiladores, tratando de respirar y de hacer algo de provecho, en mi caso, la crónica para el blog de IND, que en realidad ha sido más bien una traducción adaptada de la última de éste. A partir de ahora se me empezará a acumular el trabajo. Ya tengo un montón de tareas asignadas para cuando vuelva a Tiruchy, casi todas ellas relacionadas con el mundo audiovisual y con los productos que pretendemos empezar a importar (fabricados por las mujeres del proyecto), así que creo que me lo voy a pasar pipa, ya os iré contando.

Por la tarde, regresamos a Tsunami Nagar, donde ya habíamos ido con el grupo, a presenciar una reunión de uno de los grupos de ahorro. María tiene clase de danza, por lo que me quedo sola ante el peligro, descontando la presencia de Bobby, que me hace de traductora y de apoyo. Tras un pequeño tira y afloja para conseguir que las mujeres a) no se empeñen en que me siente en una silla b) dejen de prestarme atención y se centren en lo suyo, me retiro a un rincón y observo, mientras Bobby me va resumiendo lo que ocurre. Son dieciséis mujeres, algunas con sus niños pequeños que no habrán podido dejar al cuidado de otra persona, sentadas, supuestamente, en el porche de una de ellas, pero no caben y acaban ocupando parte de la calle de tierra apelmazada. Los niños juegan, se pelean, gritan, lloran y trepan por sus madres y en el descampado adyacente, un escuálido perro marrón rojizo aúlla insistentemente sobre un montón de grava de las obras que la comunidad está realizando. Y en medio de ese caos, las mujeres recogen sus cuotas mensuales, ponen los libros al día, asignan tareas y préstamos. Se organizan. Nada las perturba. La presidenta anima a las integrantes más pasivas a implicarse en las reuniones de la federación de grupos. Una mujer pide mejoras en el programa. Cae la noche y se encienden los fluorescentes de las pocas farolas que alumbran la aldea. Nos vamos sin molestarlas y ellas siguen discutiendo sus asuntos porque tienen que cambiar sus vidas y, de paso, su país.


Bonito y aireado local de reunión.

PD: Un colacuerno no es nada contra una Saeta de Fuego bien manejada.
PDD: Tina, los collares que te molaban a ti solo los he visto en oro y son caros, no se si prefieres hacerme otro encargo...

lunes, 20 de agosto de 2007

Resumen de lo [no] publicado

El reloj marca las 9 de la noche y la brisa del mar empieza a refrescar un poco el sofocante calor que nos acompaña estos días. Ambal lee un libro, María mira el correo en el ordenador de la oficina y Bobby acaba de llegar con algunos productos que ha comprado para “casa”. “Casa” es la oficina del proyecto en Karaikal, que consiste en dos pequeños pisos (casi apartamentos, para nuestro criterio), uno dedicado a vivienda y la oficina de Ambal y el otro a oficina del personal y sala de ordenadores para las clases. Hoy ha sido día de descanso, después de lo que podríamos denominar el “Tour de TamilNadu y Pondicherry” y la verdad es que falta hacía. Con el amanecer, llegamos de regreso de Chennai, después de dejar a los participantes del Vanakkam en el aeropuerto y de 6 horas de viaje por malas carreteras y nos metimos en cama. Pero bueno, mejor empezar las cosas donde las habíamos dejado, que debo crónica de muchos, muchos días.

El martes, nuestro último día en Tiruchy, invitamos a comer al personal del proyecto, así que decidimos vestirnos todas con nuestras mejores galas, es decir, con nuestros saris de seda. La cosa no fue tan fácil como se podría pensar, de hecho tardamos mucho en hacerlo y acabó teniendo que echar una mano María. Sin embargo, el resultado (como se puede ver a continuación) fue excelente y nuestro “esfuerzo” fue recompensado con abundantes piropos.


Pasarela Tiruchy 2007 y espontáneo (Tito)

En fin, maleta, últimas compras compulsivas y agotadoras y a camita, que nos espera un largo viaje.

El miércoles transcurrió casi entero viajando de Tiruchy a Karaikal. Teniendo en cuenta que hay unos 230 km de distancia os podéis hacer una leve idea de lo que es moverse por aquí. Y aunque es verdad que hubo sus paraditas turísticas o logísticas, salimos a las 10 de la mañana y llegamos casi a las 8 de la tarde. Eso si, el paisaje era precioso. La carretera va pegada a la costa y serpentea entre palmerales, bosques llenos de flores naranjas, amarillas y fucsia e interminables campos de arroz de un verde muy vivo. De vez en cuando, aparece el mar y pudimos ver enormes salinas, con sus montañas de sal cubiertas de hojas de palma secas y trenzadas y zonas más turísticas (turismo indio, principalmente), donde la gente nos saludaba desde las lanchitas que recorren las bahías. Íbamos parando a cada rato para que Marcos y Tito (aunque más bien Marcos, todo hay que decirlo) se bajase a grabar a la gente trabajando el campo, un rebaño de búfalos pasando, niños bañándose en el Cauvery (que nos acompañó todo el camino) o en los canales, que abundan en la zona, una pachanga de cricket...

Hacia el mediodía llegamos a Thanjavur, donde hay un templo precioso, pero que posee el grave defecto de llamarse "el templo sin sombra" y el jodío hace honor a su nombre. Pese a que nos pusimos todos calcetines, el suelo abrasaba y no se podía estar quieto demasiado tiempo en el mismo punto, había que estar dando pasitos todo el rato para no quemarse los pies. Eso sí, el templo es precioso y muy diferente a todos los que había visto hasta ahora: nada de colorines por todas partes, ni torres gigantescas, sino que es de una piedra color chocolate, parecida a la caliza y hierba y árboles para sentarse a su sombra. De todos modos, la hora no acompañaba y el calor era sofocante, incluso tirados en la hierba a la sombra de un árbol enorme. Llegado un punto, yo tenía tal agobio que mi cara era esta:


Foto que me sacó Ambal cuando estábamos tirados “al fresco” para descansar un rato. De mi cabeza debería salir un bocadillo con el texto "Mátame, camión".

Una última parada antes de llegar a destino: Velanganni, una especie de mezcla entre Lourdes y Benidorm que me resultó de lo más desconcertante y cuya visita me hubiera ahorrado de mil amores. Una enorme basílica de un blanco inmaculado que refleja el sol como un espejo y deslumbra al más pintao (aunque por suerte para nosotros ya casi estaba anocheciendo cuando llegamos) atrae a miles de fieles y visitantes y, por supuesto, mendigos y vendedores. Para añadir gracia a la mezcla, que se ve que no tenía suficiente, era el día de la independencia, por lo que el personal abundaba todavía más de lo normal. En la iglesia en sí no tuvimos demasiados problemas, salvo el pobre Marcos que ya tiene la cruz encima permanentemente: en cuanto saca la cámara, le salen amigos por todas partes. El baile empezó cuando bajamos hasta la playa (invadida de gente, chiringuitos, vendedores, carritos de helados, puestos de tiro al blanco y hasta minitiovivos que llegaban hasta la misma orilla del agua) y nos convertimos en la principal atracción de la feria, sobre todo cuando los cochinos traidores de Tito y Marcos se quedaron en gallumbos y, ni cortos ni perezosos, se pegaron un baño de padre y muy señor mío, dejándome sola y abandonada en la orilla, bregando con mi frustración por no poder bañarme entre la multitud de fans que insistían en sacarse fotos con nosotras, llevándonos de un lado para otro y acosándonos con preguntas que no podíamos entender ni contestar. Ahora ya sé cómo se siente Angelina Jolie cuando sale a la calle :-S

Cuando bajamos de la furgo en Karaikal nos encontramos a la puerta del Hotel París, donde se alojaron las legiones de “ongeros” que invadieron la región después del tsunami. Aire acondicionado, televisión y teléfono en la habitación, baño propio (aunque algo puerco), servicio de habitaciones, ascensores y botones. Tanto lujo nos dejó patidifusos y nos hizo sentirnos un poco desconcertados, hasta el punto de que todos, o casi, apagamos el aire acondicionado siberiano y nos quedamos con el ventilador de techo de toda la vida, que ya es lo nuestro. Desde luego, todos nos sentíamos mucho más a gusto en nuestra “casa” de la oficina de Tiruchy. Cena en el restaurante “Romeo y Juliet” del hotel, pijamita y a la cama.

Mientras preparaba mi mochilita para el día la mañana del jueves, no se me olvidó incluir un churidar de repuesto, por si caía un bañito en el Índico en algún lugar alejado de mirones. A las nueve se presentó Sahajaraj, con su pedazo de moto, a recogernos y nos consiguió tres autos para ir hasta lo oficina. El paseo en auto resultó un poco raro, porque el tráfico en Karaikal es mucho más tranquilo que Tiruchy y el conductor circulaba con normalidad, sin esquivar otros vehículos ni hacer giros suicidas.



Vídeo ilustrativo de lo que es un viaje en auto en Tiruchy. La banda sonora corre acargo de "automan" y las voces son de Marcos, Tito y Andrea.

Por la mañana nos reunimos con las mujeres de la Federación de Grupos de Ahorro y con Stephen, el consultor que ayudó a PDI a organizarla y ayuda ahora a las mujeres a gestionarla.


Con la barriga ya llena, nos subimos a la furgoneta y nos dirigimos a visitar alguna de las aldeas beneficiarias del proyecto. La primera parada: la diminuta escuela en la que se refugiaron 200 personas tras el tsunami, realojadas temporalmente por el gobierno y a cuyo “cuidado” quedó PDI que enseguida empezó a gestionar una cocina comunitaria para que la gente pudiera comer caliente, ayuda psicológica, asistencia sanitaria…

Siguiente paso: Tsunami Nagar (“nagar” significa lugar), un reasentamiento de toda una aldea, o mejor dicho, de lo que quedó de ella. Era una comunidad que vivía prácticamente en la misma playa, pero no era de pescadores, sino de labriegos. El tsunami borró todas las casas del mapa y diezmó a la población. Los que quedaron vivos no quieren volver a ver el mar en su vida, por lo que el gobierno cedió terrenos para realojarnos a un par de kilómetros de la costa. A medida que nos acercamos, vamos viendo una especie de “miniadosados” pintados de blanco y azul, alineados a lo largo de una calle principal y un montón de callecitas laterales que se cruzan con ella. La calle principal está toda levantada porque la comunidad está haciendo obras. Los niños, sucios y despeinados, juegan entre el material de construcción. Me vienen a la cabeza las primeras escenas de la película Cidade de Deus. Las casas, todas iguales (sin importar lo que poseyera o no antes el actual propietario), las ha construido la Fundación Vicente Ferrer, igual que un edificio para la escuela y otro para centro social. Son edificios de ladrillo, pintados a juego con las casas y con bonitos murales y a su lado, nuestro centro comunitario de madera, chapa metálica y palma resulta realmente patético… pero nuestra chocita está abierta y dentro se dan clases, se realizan reuniones comunitarias, talleres de formación laboral y numerosas actividades, con la ayuda de las dinamizadoras, la trabajadora social y la trabajadora sanitaria. Los preciosos edificios de ladrillo tienen un pesado candado en cada puerta y no ha aparecido nadie por allí desde que los construyendo. Mirándolos, no puedo evitar pensar la de microcréditos que se podrían dar para montar microempresas con el dinero que constó construirlos.

La furgoneta nos conduce al antiguo emplazamiento de la comunidad. Vemos restos de casas y algunas chabolas habitadas, de quienes se aferran a su terruño y, desoyendo la prohibición del gobierno de establecer asentamientos a menos de 500 m del mar, han vuelto al lugar donde han pasado toda su vida. Me abro paso entre los arbustos y el palmeral y de repente, ahí está, inmenso y abierto ante mí, el Índico, enmarcado por una larga playa desierta, de arena blanca, salpicada aquí y allá por coloridas barcas de pescadores que descansan en la arena. El viento juega con unos saris puestos a secar entre los arbustos y, a lo lejos, en el mar, se ven numerosos barcos faenando.

Me resulta difícil describir el enorme placer de sentir el agua tibia metiéndoseme por entre el pelo y refrescando mi cuerpo, empapado en sudor sólo unos segundos antes. El churidar empapado pesa y se me enreda en las piernas, pero no me importa. Sonrío y me sumerjo una y otra vez, jugando con Tito y Marcos, mientras Andrea y Ambal (que nos sorprendió a todos quitándose la camisa y lanzándose al agua) se mantienen un poco más formalitos. En la orilla, el resto del grupo se ríe y nos saca fotos, mientras algún paisano se acerca a mirarnos con curiosidad. Carlos, como siempre, se mete a los niños en el bolsillo y juega con ellos a no sé qué. Fue breve, pero intenso.


El mar soñado, el mar apetecido, el mar, el mar y no pensar en nada.

A las 7 nos presentamos en casa del profesor de Bharathanatyam de María, donde nos ofrecieron un pequeño espectáculo de baile en el que, por supuesto, participó María. Después fuimos a cenar a un restaurante donde me sirvieron en kebab más raro del mundo y donde tenían tan fuerte el aire acondicionado que el pobre Carlos se puso enfermo para lo que le quedaba de viaje. A Andrea poco le faltó.

El viernes por la mañana visitamos otra comunidad reasentada, muy parecida a la del día anterior, sólo que las casas, estas pintadas en blanco y ocre, las había construido otra de las grandes ONG, cuyo nombre ahora no recuerdo. Los terrenos cedidos por el gobierno están cerca de un campus universitario y algunas de las familias las alquilan a los estudiantes, mientras que ellos han vuelto a sus antiguas casas semiderruidas. Esto es lo que pasa cuando se da a la gente cosas que no ha pedido, ni necesita y a cambio de nada, sin ningún esfuerzo ni participación por su parte. La antigua aldea todavía muestra bastante vida, aunque la mezcla de casas abandonadas y destruidas con casas habitadas e incluso un barco arrastrado hasta allí por el mar resulta desconcertante.


Un barco en medio de una aldea, arrastrado por el tsunami y abandonado allí, como una especie de recordatorio.

Estando aquí, sobre todo cuando se ve el mar, no se puede evitar que nos venga una y otra vez a la cabeza lo que debió de ser para estas personas. Miro hacia el agua y no consigo imaginarme el pánico que debieron sentir cuando de repente vieron como una ola más alta que los árboles se aproximaba a toda velocidad hacia sus casas y hacia ellos mismos. Esa misma noche, en Pondicherry, (salimos camino de Chennai después de comer y paramos allí a hacer noche) Sahajaraj, que como ya os he contado, es el coordinador del proyecto de Karaikal, nos contaba a María, Tito y a mí que él mismo sacó de entre los escombros 700 cadáveres. ¡700 cadáveres! El pobre nos lo relata con una media sonrisa y uno no sabe bien qué cara poner cuando una persona te cuenta semejante cosa. Miro su ancha espalda y sus brazos fuertes y me invade un enorme respeto por este hombre tímido y tranquilo y una necesidad imperiosa de llorar, pero no me lo permito. Doy las buenas noches y me voy a la cama.

Mamalapuram es Marina d’Or, ciudad de vacaciones. Los guiris pululan por doquier, hay chiringuitos, tiendas de souvenirs y tarifas para “locales y visitantes”, en la playa hay gente bañándose (las mujeres vestidas, por supuesto, algunos hombres en bañador) e incluso haciendo surf.


Surfero indio en la lejanía.

En los hoteles ofrecen los precios en euros, dólares y yenes y por las calles te asedian vendedores de todo tipo de cosas, desde postales hasta bongos, pasando por collares, conchas y todo tipo de regalitos. Y por supuesto, para qué negarlo, caemos en la compra compulsiva con entusiasmo. La pobre de Bobby se esfuerza por intentar (y casi siempre conseguir) que no nos timen, cosa que a nosotros nos da francamente igual, porque los precios siguen siendo irrisorios y porque el resto del grupo se marcha ese mismo día, así que no tienen mucha más oportunidad para comprar a precios “razonables”.

La primera despedida se me hace más dura que las demás, porque a Tito y a Marcos no los voy a ver en cuanto llegue, como al resto del grupo (sobre todo a Tito, mi compi de fumeteo, que vive en Lisboa). Al menos me siento reconfortada por los abrazos de oso que me dan al decirnos adiós y por las promesas de mantenerse en contacto por e-mail. Cuando me subo a la furgo, bajo la lluvia torrencial que ha comenzado a caer sólo unos momentos antes, un nudo en la garganta me impide casi hablar. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero disimulo, porque todo el grupo me empieza a preguntar cuánto dinero hay que poner (nos han tratado tan bien y nos han dado tantos mimos que no han llegado los 200 € por cabeza que pusimos en principio y aunque María tenía pensado pagar la diferencia, todo el grupo se negó en redondo y hay quien incluso ha dejado dinero de más), cuánto son 40 € en rupias y cuestiones similares, así que hago de tripas corazón, me trago la lagrimita y me meto en el traje de coordinadora, que por cierto, no me he puesto demasiado a menudo durante el viaje.

La despedida en el aeropuerto de Chennai se me hace más llevadera y la tarea de grabar el momento del adiós me facilita la “contención lagrimal”. Espero pronto tener noticias de ellos y sé que todos han disfrutado la experiencia hasta la última gota. Se van con pena, pero contentos, igual que nosotros al regresar a la furgoneta que nos devolverá a Karaikal.

PD1: Para los que preguntáis, las inundaciones fueron en el norte, a cientos y cientos de kilómetros de aquí, así que no hay peligro.
PD2: Final del mundial: Irlanda 170 – Bulgaria 160

martes, 14 de agosto de 2007

Freaky Monday

Hoy ha sido un día un poco raro y un poco improductivo. Por algún motivo que no acabo de comprender, salimos tardísimo a visitar C Block, un suburbio donde nos teníamos que reunir con mujeres de las clases de alfabetización y voluntarias del programa de sensibilización de género [traductores, abstenerse de comentarios], así que la visita no llegó a una hora, porque a las 2.15 teníamos que estar en el centro de Tiruchy para ir al cine.


Una bonita muestra de los increíbles ojos de las mujeres tamiles

La película no me gustó especialmente, aunque es posible que esto se deba a que la “acción" tardó bastante en arrancar y me quedé dormida los 45 primeros minutos, más o menos, por lo que cuando desperté me resultó imposible pillarle el meollo al asunto simplemente sacando toda la información por el contexto. Dos datos para contextualizar: aquí todas las pelis duran tres horas y, evidentemente, las dan en tamil.

Después del cine fuimos a cenar a casa de Ambalavanan y Manimekalai, que nos preparó una cena que parecía aquello la boda del monzón. La verdad es que todos comimos demasiado para que no se pensase que no nos gustaba la comida (que, por otra parte, estaba buenísima) y por la noche di más vueltas que una noria (y eso que no era muy picante).

Volvimos a casa en un taxi en plan minifurgo en el que, a todas luces, no cabíamos y Carlos, Ana y Susana tuvieron que apiñarse en el maletero (ver prueba documental adjunta). Lo chungo fue cuando tuvimos que parar a recoger a Bobby y hubo que hacerle sitio. De esa parte del trayecto fue imposible recoger testimonio gráfico porque no había manera de meter a todo el mundo en plano. Nos echamos unas risas increíbles, yo creo que el conductor pensó que íbamos borrachos o algo.


Prueba documental del momento lata de sardinas

El remate fue cuando, ya en casa, en ese momento de tertulia previa a acostarnos que siempre tenemos, se asomó a nuestra puerta Shivá, el cocinero, que por cierto, es gay, y se puso a señalar a Dolores. Aunque no habla inglés, me levanté enseguida y fui hacia él, pero negó con la cabeza y siguió señalando a Dolores. Carlos también se levantó, pero nada, siguió haciéndole señales a Dolores de que bajase, con una cierta cara de cachondeo. Ante el estupor general, Dolores volvió a subir partiéndose de risa, con un sujetador en la mano. Resulta que el viento se había llevado del tendal el sujetador, que había quedado enganchado en un árbol y el buen hombre supongo que no se atrevería a recuperarlo por su cuenta y riesgo, no fuera a ofender. Cómo sabía que era de Dolores y de nadie más, es un misterio.

Mañana es la despedida de Tiruchy. Hemos organizado, o mejor dicho, vamos a financiar, porque la organización corre a cuenta de PDI, una comida de despedida con todo el personal del proyecto, unas 30 personas, animadoras incluidas. Han montado una carpa en la azotea y todo. Tengo ganas, pero me da pena. Ya sé que yo me quedo 15 días más después de que se marche el grupo, pero de alguna forma, comparto la sensación que tuve en su momento de que los días que quedan son menos que los que ya han pasado y que se va acabando lo que se daba.

PD: Me podéis dejar un comentario y todo, que no me enfado, pandilla de gandules.

lunes, 13 de agosto de 2007

Madurai

Lo sé, me estoy volviendo un poco vaga con las crónicas, pero es que con el grupo no me queda demasiado tiempo libre. No hay noche que me acueste antes de las 12 o la 1 y a las 7 me suena el despertador. Intento escribir la crónica por las mañanas, pero no siempre tengo tiempo, porque hay que planificar las actividades del día. Por ejemplo, hoy tenemos uno movidito: por la mañana, visita a dos suburbios y por la tarde, cine, otro suburbio y cena en casa de Ambalavanan y Manimekalai. O sea, que volveré a acostarme a las tantas.

Ayer fue el primer día que no hubo súper debate después de cenar: el día en Madurai los dejó a todos KO. Cuando, a las 9 de la mañana (aunque estaba previsto salir a las 8.30), salimos de casa, nos sorprendió ver la furgo “lujosa” que nos había traído de Chennai. Bueno, una parecida, porque esta incorporaba incluso el súper lujo de miniventiladores en el techo, a modo de aire acondicionado. El camino de ida fue amenizado por la película tamil Anniyan, de argumento difícil de explicar, pero que se resume en la historia de un abogado de casta brahmán (la más alta) que, por la frustración que le produce su carácter tipo suizo o alemán en un país tan caótico y poco amigo de seguir las reglas como la India, desarrolla una triple personalidad: la suya, la de un chuleta piscina (para poder ligarse a su vecina, de la que lleva 8 años enamorado en silencio) y la de un implacable justiciero en plan Punisher, que se carga a todo el que se encuentra abusando de su prójimo. No os creáis, que la peli tiene su miga filosófico-política… y unos bailoteos que no son de despreciar.

Al bajarnos del bus en Madurai, bajo el abrasador sol de la una de la tarde, nos dimos cuenta de que, en realidad, en Tiruchy no hace tanto calor. Y encima, en el templo no sólo nos obligaron a quitarnos las sandalias (cosa que ocurre en todos), sino que no nos permitieron ponernos calcetines, así que os podéis imaginar el cachondeo generalizado entre el personal al ver 10 guiris en hilera corriendo a saltitos para no quemarse los pies por las ardientes losas del templo. Por suerte, enseguida descubrimos que el templo cerraba de 2 a 4, por lo que decidimos marcharnos a comer algo y volver un poco más tarde.

Mi estómago todavía no se había enterado de que ya me encontraba bien y se negó a ingerir alimento alguno, cosa que ocasionó gran pesar al personal del restaurante y no hubo manera de hacerles comprender que el problema no era con su comida, sino con mi sistema digestivo. Se sintieron un poco más aliviados cuando les dejé que me trajeran un zumo de mango, que bebí con deleite.


Montaña de arroz que dejé prácticamente intacta, para gran disgusto de los camareros.

Mientras esperábamos que abriese el templo grande, aprovechamos para visitar otro, muy pequeño, pero famoso por unas aguas milagrosas. Nos alejamos de Madurai hacia el sur y enseguida comenzamos a ver campos de arroz, la vegetación empezó a hacerse más espesa y el terreno a empinarse. Después de viajar a través de los cientos de kilómetros de la interminable llanura que se extiende entre Chennai y Madurai (unos 500), apreciamos algo de curvas y cuestas arriba. Al acercarnos al templo nos fuimos metiendo en lo más parecido a una romería que me puedo imaginar en este país: cientos (¿miles?) de personas de todas las edades, en grupos, en familia o solas, descansando o comiendo a la sombra de un árbol, comprando recuerdos u ofrendas en los numerosísimos puestos y, sobre todo, moviéndose poco a poco hacia la cima de la montaña, donde se encuentra el templo y la fuente milagrosa. Mientras la furgoneta se abría paso entre la multitud, fuimos descubriendo en los árboles nidos de colibríes, mariposas del tamaño de la mano de un niño y, sobre todo, innumerables monos que jugaban y se peleaban añadiendo unos cuantos decibelios al estruendo general que reina en la India noche y día. El templo no era nada del otro jueves, pero valió la pena la visita sólo por ver el paisaje y los peregrinos, a los que, por cierto, les resultaba muy gracioso verme vestida de sari y de los que recibí numerosos piropos que Bobby amablemente me tradujo.


Romería a la india

De vuelta en el gran templo de Meenakshi, a las 4.30 de la tarde, comprobamos con deleite que el suelo ya no ardía tanto (tened en cuenta que aquí a las 6.30 ya es de noche) y recorrimos sus salas y sus patios con más tranquilidad. No tuvimos tiempo de verlo todo, porque Marcos y Tito se marchaban a Kanjakumari, la ciudad más austral de la India, y tenían que coger el bus, pero sí nos dio tiempo de entrar en la sala de las 2.000 columnas, en los templetes de Nandi, de Shiva y de otros dioses que no reconocí (y que quizá no conozco) y en el estanque del loto de oro, donde el loto en cuestión es del tamaño de un coche y es de oro de verdad, no lo dicen por decir.


Ambal y yo posando junto a la estatua de un elefante en la sala de las 2.000 columnas.

Otra vez están a punto de traernos el desayuno, así que no os voy a contar la peli que vimos en el camino de vuelta, pero era una interesante mezcla entre Seven y Harry el sucio, con algunos toques progresistas (como que el protagonista se enamora de una divorciada con una hija y todo) que no había visto antes en el cine tamil.

Nos quedan dos días en Tiruchy, el miércoles salimos hacia Karaikal.

domingo, 12 de agosto de 2007

Medio pocha

[Esto lo escribo desde el ordenador de Ambalavanan, por eso no pongo acentos ni enhes]

Ayer estuve medio pocha, me levante y antes de desayunar ya habia ido seis veces al servicio. Me drogue convenientemente, pero hasta la hora de comer me encontre bastante mal, por lo que la visita a la universidad ha quedado como un recuerdo bastante difuso.

Mientras los demas comian me meti en cama a dormir y al despertarme me encontre lo suficientemente bien como para acompanhar al grupo que iba de compras. Os ahorro la pesadilla de ir 9 personas a comprar regalos a saco, cuando de esas 9 personas solo 2 nos podemos hacer entender... con nuestra traductora, Bobby. En fin, nos llevo toda la tarde y no conseguimos terminar con todo.

Hoy vamos de excursion a Madurai, una ciudad turistica que esta a unos 100 km al sur, antiguo mercado de la ruta de la seda.

No me puedo enrollar, que tengo que desayunar. Esta noche cuelgo fotos y todo.

Besos.

PD: Los dementores custodian la entrada de Hogwarts.