viernes 25 de septiembre de 2009

Bollywood

El séptimo arte no es lo mío, es evidente, pero aquí os dejo un pequeño video musical con algunos momentos de la última visita a la India. Yo apenas salgo, pero es que estaba detrás de la cámara. Pero bueno, así podréis ponerles cara a "mis niñas".

¡Ah! Está partido en dos porque Youtube no admite videos de más de 10 minutos y este dura 13 y medio.




viernes 14 de agosto de 2009

Flores y adioses

La carretera que lleva a Yercaud, una estación de montaña cercana a Salem, es una cinta de asfalto que serpentea entre un exuberante bosque poblado de multitud de macacos y plantas trepadoras que se enroscan en torno a los troncos de los árboles, desplegando todo el colorido de sus flores amarillas, naranjas, azules y violetas. A medida que la furgoneta sube, renqueando, hacia los 1.515 metros de la cima, el aire que entra por las ventanillas se va haciendo cada vez más fresco y la fascinación de las niñas por el lujuriante paisaje que se extiende a nuestros pies crece, alcanzando casi el éxtasis cuando las primeras gotas de una tormenta monzónica empiezan a caer, empapándolo todo y refrescando el ambiente hasta el punto de que algunas se echan un chal sobre los hombros y esa noche, dormimos tapadas con una manta y con los ventiladores apagados.

Foto parcial de las vistas. No les hace justicia, claro.

En Yercaud hay tantas flores que el aire está lleno de perfume y, mientras nos abrimos paso por la pista que transcurre entre bosques, cafetales y plantaciones de banano, las fragancias se cuelan por la ventanilla de la furgoneta, igual que en Tiruchy alternan los olores a incienso, basura, jazmines frescos, especias, alcantarillas o comida. Nos detenemos en un mirador con unas vistas impresionantes de la ladera de la montaña, en la que cuelga un pueblecito rodeado de campos verdes y bosques, y de la enorme llanura que se extiende a lo largo kilómetros y kilómetros con sus palmerales y sus campos de arroz, de un verde tan intenso que parecen de mentira.


Jardín botánico.

Dos de los grandes atractivos de la estación de montaña son el jardín botánico y el lago. El primero resultó algo decepcionante porque, aunque era grande, no estaba bien cuidado y muchas plantas no daban flor o no tenían el mejor de los aspectos (a mí me dieron un poco de pena) y nos quedamos bastante chafadas al entrar en el vivero de las orquídeas... donde no había ni una sola florecida. Sin embargo, el lago cumplió todas nuestras expectativas que eran, básicamente, darnos una vuelta en las horribles pedaletas-cisnes. Sin embargo, una vez en el lago nos dimos cuenta de que la combinación ejercicio más sol del mediodía de plano en la cabeza no era muy recomendable, así que no llegamos a agotar la media hora que habíamos pagado.


Pedaletas-cisne, el summum de la elegancia lacustre XP

La verdad es que, después de la visita, debo decir que, en realidad, los dos grandes atractivos de Yercaud son el paisaje y la temperatura. Y esta última se aprecia especialmente cuando, a medida que vas desandando las curvas de horquilla de la carretera a Salem, el aire se va haciendo más y más caliente y se te empieza a llenar la frente de gotas de sudor, aunque ya esté casi anocheciendo.

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Pues nada, se acabó lo que se daba. Ayer visitamos la universidad de Bharathidasan, donde Manimekalai (la mujer de Ambal) dirige el Centro de Estudios de la Mujer e imparte un postgrado y charlamos con sus alumnas, y por la tarde nos reunimos con trabajadores y beneficiarios de un proyecto para la prevención de la transmisión del SIDA/VIH entre madres e hijos, pero dentro de menos de dos horas salimos para Chennai y tengo la maleta sin hacer, así que se me echa el tiempo encima. El día de ayer incluyó también una visita inesperada al dentista porque a la pobre Sara le están saliendo torcidas dos muelas del juicio y tiene la cara hinchada y le duele. También incluyó tres horas de compras intensivas (en las que yo no compré nada), tatuajes de henna para casi todas, una cena en casa de Ambal y una tormenta monzónica de padre y muy señor mío, que nos pilló llegando a la cena y que no paró hasta que ya nos habíamos acostado todas. Al principio la lluvia nos alegró muchísimo y estábamos encantadas ante la perspectiva de caminar manzana y media hasta la furgoneta (que no cabe por la calle de Ambal o, mejor dicho, no puede dar la vuelta), pero la cosa dejó de tener gracia en el momento que cruzamos el primer charco gigante de agua de color indescriptible y dudosa procedencia. Digo dudosa por decir, dado que el charco estaba al lado de la alcantarilla (recordemos que aquí son como cunetas, no subterráneas) y las alcantarillas estaban todas desbordadas. La repetición de la experiencia (dos veces más) no la mejoró en absoluto y he de decir con toda sinceridad que es, muy probablemente, la cosa más asquerosa que he hecho en mi vida.

Pero bueno, han pasado 15 días y lo han hecho como un rayo. Ha sido muy bonito compartir esto con las voluntarias de Santiago (AlbaC, Kitty, Sara y Tatiana), que son tan entusiastas y tienen tanta fuerza, pero también con Ania, que se ha unido a su grupo a raíz del curso; o con MaríaC, que lleva unos meses en el grupo de Vigo y seguro que esto le dará fuerzas para trabajar mejor con la falta que hace en Vigo; o con AlbaR y MaríaF, a las que no conocía de nada antes del Vanakkam y que ya son mis amigas. Hemos hecho firme propósito de montar una quedada para mediados de octubre y la verdad es que ya me tarda. Espero que no quede la cosa solamente en palabras.

Había pensado concluir la crónica de esta visita con un bonito párrafo que resumiese lo que me llevo y lo que me ha hecho sentir este viaje, pero creo que no se merece que lo resuma. Adiós, Tiruchy. Poyitu varen!

jueves 13 de agosto de 2009

De niña a mujer

Mil cincuenta niñas por cada mil niños. Ese es el equilibrio natural de la especie humana, pero en el distrito de Salem solamente hay 975. Las niñas no valen para trabajar, no dan más que problemas, hay que correr con los gastos de la boda, hay que pagarles la dote. Estos son algunos de los tópicos que se usan para justificar, o al menos explicar, el infanticidio femenino, achacándolo a la incultura y a la pobreza, cuando en realidad no tiene mucha más explicación que el más puro y atroz de los machismos, como demuestra el hecho de que también se practique en la clase media y que en muchos de los estados más ricos la prevalencia sea mayor.

No es ningún secreto que las matemáticas y yo no nacimos para amarnos, pero no hace falta ser John Nash para darse cuenta de que en un país con 1.100,000.000 de habitantes, las niñas asesinadas se cuentan por millones. Millones de niñas muertas todos los años a manos de quienes deberían protegerlas, quererlas y cuidarlas. Un genocidio en toda regla y sin embargo, el mundo vuelve los ojos hacia otro lado, como si no fuera para tanto y una no puede dejar de preguntarse si la cosa sería igual si en lugar de niñas fuesen niños los bebés asesinados por el único crimen de tener una combinación de cromosomas inconveniente.


El proyecto de PDI, nuestra contraparte, e Implicadas en Salem es diferente. Diferente a los que habíamos hecho hasta ahora, porque su objetivo principal es la erradicación del infanticidio femenino. Diferente de los de otras organizaciones e instituciones que trabajan en Tamil Nadu para acabar con esa práctica porque no se queda en la sensibilización (por importante que esta sea), sino que facilita las herramientas para que el cambio sea posible.

El feminicidio está penado con 10 años de cárcel y 15.000 rupias de multa (unos 250 €: el precio de una nevera, aproximadamente el salario de un año de un jornalero pobre o un mes para una persona de clase media), pero la comunidad no denuncia estas situaciones, igual que en el rico y civilizado occidente no denuncia las palizas de muerte que tantos maridos propinan a sus mujeres. Y es evidente que las madres no quieren matar a sus hijas, pero a menudo la presión de sus maridos y, sobre todo, sus familias políticas es brutal y no tienen a nadie que las apoye en su postura. Ahí es dond entran las trabajadoras de PDI, que a diario recorren las aldeas y los barrios del proyecto para identificar a las mujeres embarazadas, evaluar qué casos presentan condiciones de riesgo y mediar con las familias para que, en caso de que nazca niña (está prohibido rebelar el sexo del bebé en las ecografías, aunque siempre hay médicos corruptos) no la maten o, si les resulta imposible mantenerla, la den en adopción. Todas las mujeres embarazadas de la comunidad beneficiaria son objeto de seguimiento desde el tercer mes de gestación hasta medio año después del parto y reciben atención médica con regularidad (fundamentalmente en centros públicos) durante todo el embarazo. Así, de 60 casos de riesgo en lo que va de proyecto (casi dos años, en los que han nacido 340 bebés en total), 45 niñas permanecieron con sus familias y 15 fueron dadas en adopción. Ni una sola muerte.


Nos sorprende a todas, después de reunirnos con el personal y con algunas beneficiarias, los increíbles resultados conseguidos en tan poco tiempo. Todas íbamos preparadas para lo peor, sin embargo, las historias que escuchamos hablan de superación y finales felices. Como la de Eswuri, que tiene dos niñas y que sufría la presión constante de sus suegros para que les diese un nieto (si el embarazo resultaba en niña, no había más que matarla y seguir probando suerte), mientras que ella estaba más por la labor de ligarse las trompas. Gracias al trabajo de sensibilización del proyecto, Eswuri pudo contar con en apoyo de su marido, juntos dijeron "hasta aquí hemos llegado" y se marcharon de la casa de los suegros (en la India es habitual que, al casarse, la mujer se mude a vivir con la familia del marido) a vivir su propia vida, con ligadura de trompas incluida. Ahora Eswuri está en un grupo de ahorro, ha recibido un curso de fabricación de productos de limpieza y un crédito con el que ha montado su propio negocio.

Los grupos de ahorro también son diferentes en este proyecto. Primero porque se da prioridad para entrar en ellos a las mujeres con embarazos de riesgo (riesgo de asesinato, se entiende) y segundo, porque aquí la componente de apoyo mutuo entre sus integrantes es mucho más fuerte todavía. Kalarm, líder comunitaria y beneficiaria del proyecto, nos cuenta dos historias: la de una mujer que al nacer su tercera hija sufría tremendas presiones de su familia política para que se deshiciera de ella y la de otra madre, coaccionada para que matase a su única hija, que nació con una deficiencia psíquica. Pero sus compañeras del grupo de ahorro no lo iban a consentir: todas juntas se plantaron en las casas de las respectivas familias y convencieron a los suegros, comprometiéndose a ayudar a la manutención de esas niñas cuando fuese necesario. Y así lo hacen.


El proyecto tiene, además, un centro de asistencia a la mujer al que las beneficiarias pueden acudir para obtener asesoría para sus problemas y asistencia legal, por ejemplo, en casos de divorcio, repudio, bigamia o conflictos en herencias (un tema peliagudo porque, aunque hace bastantes años que las mujeres son herederas legales, este derecho se les sigue negando con frecuencia). El proyecto se completa con los programas de planificación familiar y de generación de ingresos, en el que se proporciona formación profesional básica (sastrería, artesanía, etc.) y un microcrédito que permita iniciar un pequeño negocio.

Así, con las historias de Uma Dhevy, Shanti, Rani, Sumetha, Sangeetha, Joddi o Bria, todas ellas mujeres luchadoras y valientes que se han enfrentado a todo por la vida de sus hijas y por mantener a sus familias, partimos hacia Yercaud, la estación de montaña en la que pasaremos la noche y el día siguiente. Y donde esperamos, además, pasar algo de frío.

martes 11 de agosto de 2009

De elefantes y de reyes

El domingo nos subimos a la furgo y nos vamos a Thanjavur, a visitar el Gran Templo, donde las niñas esperan poder subirse a un elefante. La hora y pico de camino nos la pasamos cantando un repertorio tan variado que incluye cosas como "Berberecho", de Rosendo, "Los peces en el río" o "Catro vellos Mariñeiros".

Me abstendré de describir el calor abrasador que desprenden las losas de piedra del templo porque ya es un tema recurrente en mis crónicas de la India y porque, además, la experiencia es un grado y esta vez tuve el buen sentido de avisar a todas de que llevasen calcetines. El templo estaba llenísimo de gente y, una vez más, "disfrutamos de la Angelina Jolie experience" cuando un padre se nos acercó para pedirnos que nos sacásemos una foto con sus hijas o cuando, en la cola para visitar el altar principal, una señora se me quedó mirando fijamente durante 5 minutos, con su cara de alucinada a unos 30 centímetros de la mía. Hubo compras, pero no paseo en elefante, porque estaba guardadito (o mejor, guardadita, que era una elefanta) en su corral, aunque al menos las niñas pudieron fotografíarse con ella.



A eso de la una y media huimos del calor abrasador que hace que hasta Bobby me pida una toallita de bebé para enjugarse el sudor, refugiándonos en un restaurante pijolas con aire acondicionado donde nos sentimos un tanto raras comiendo sentadas en sillas y bebiendo en vasos de cristal, aunque al menos nos resistimos a utilizar los cubiertos, que no acabamos de asociar a la comida india.

Comidas, bebidas y refrescadas, nos dirigimos al palacio del rajá donde, por increíble que parezca, siguen viviendo un buen número de integrantes de la familia real que, aparentemente, todavía no se han enterado de que la India es una república. Tenemos guía y todo, un viejales vestido con camisa blanca y lunghi al que apodamos "El Entusiasta" porque nos muestra todas y cada una de las cosas que hay en el palacio, ametrallando a 150 palabras por minuto, palabras que yo tengo que traducir y de las que entiendo aproximadamente un tercio. Eso cuando logro dirimir si las que no comprendo son nombres en tamil de dioses, dinastías y animales mitológicos o simplemente consecuencia de su pronunciación surrealista.




El palacio en sí debió de ser impresionante en sus días, aunque ahora está bastante deteriorado, el pobrecillo. Son interesantes de ver algunos objetos que se conservan en el museo, aunque "El Entusiasta" nos arrastra de una vitrina a otra a una velocidad tal que casi no nos da tiempo de enterarnos de si el objeto en cuestión es un cetro real o un pincho para domar elefantes.

Son las 7.40 y me quedan 20 minutos para ponerme el sari y bajar a colgar esto en el blog, porque a las ocho nos vamos para Salem, donde tenemos el proyecto contra el infanticidio femenino y luego a Yercaud, una estación de montaña donde todas ansiamos que se cumpla la promesa que nos han hecho de que pasaremos frío, así que os dejo. Muchos besos para todos y hasta la próxima crónica.

lunes 10 de agosto de 2009

Esos locos bajitos

Rajid tiene 12 años y unos ojos negros, enormes y brillantes que sonríen y nos cuentan tanto como su boca. Vive en el suburbio de Jail Pettai, donde las casas están hechas de hojas de palma trenzada y una montaña de neumáticos viejos recibe al visitante. Rajid se sienta en el suelo, rodeado de sus amigos, en el alpendre donde, desde hace un año, se imparten las clases de apoyo del nuevo proyecto, aunque hace tan solo doce meses, al volver del colegio se dedicaba a escalar la montaña de neumáticos con los mismos niños que hoy se sientan a su alrededor. Pero Rajid no es como los demás, Rajid mueve multitudes y por eso Gayalakshmi, trabajadora del proyecto, se acercó a él un día y le habló de las clases de apoyo y le preguntó si le gustaría formar un grupo con sus amigos para mejorar su educación por las tardes. Ahora ya no hay niños trepando por la montaña de caucho porque Rajid, como él nos cuenta, se sintió honrado y atraído por el reto y la responsabilidad y fue reclutando a sus "compinches". Pero Rajid no se siente satisfecho. Y es todavía no ha reclutado a suficientes. O eso dice.

Rajid, de pie en el centro.

Shakila tampoco se siente satisfecha aunque sea la primera de su curso y la única de las clases de apoyo que sea capaz y se atreva a intercambiar con nosotros unas cuantas frases en inglés. Shakila no se siente satisfecha porque sabe que puede sacar aún mejores notas, pero también porque su padre no le deja hacer nada, ni siquiera asistir a los campamentos urbanos de verano que organiza el proyecto, donde los demás niños juegan, aprenden manualidades y hábitos de salud e higiene. Se le borra la sonrisa de la boca cuando nos cuenta que un día, al volver del colegio, la atropelló un coche y le rompió una pierna y que por eso su padre ya no la deja salir de Jail Pettai más que para ir al colegio. Pero Shakila merece más y vale para mucho más, por eso le digo a Bobby que hay que hablar con su padre para cambiar esta situación y a Shakila se le llenan los ojos de lágrimas ante la perspectiva de poder ser, además de la primera de la clase, una niña más.

Anita, futura médica, y la peque asustadiza que ya no se asusta.

De lágrimas se les llenaron los ojos a MaríaC y a Ania durante nuestra visita a una escuela de adaptación para niños trabajadores. Niños tan pequeños que parece inimaginable que hayan conocido otra cosa en la vida que no sea jugar y jugar. Pero no es así. Kumar, que con 12 años aparenta ocho, llevaba ya dos trabajando en un taller mecánico cuando el año pasado se integró en esta escuela: de ocho de la mañana a ocho de la tarde cambiaba baterías y reparaba neumáticos pinchados por 600 rupias (menos de 10 €) al mes. Kumar vive al lado de una comisaría y de mayor quiere ser policía, para ser grande y fuerte y atrapar ladrones, pero de momento lo que más le gusta es bailar, cosa que nos demuestra con gran entusiasmo, al ritmo de las canciones de sus compañeros. Compañeros como Anita, de 13 años, que quiere ser médica y antes limpiaba casas con su madre, con la que tuvo que huir de la suya porque su alcoholizado padre las usaba de saco de boxeo; o Mohammed, de 13 años, al que le gusta tanto la escuela que se quedaría a vivir en ella; o Uma, de ocho años, que se quedaba en casa a cuidar de sus tres hermanos pequeños mientras su madre iba a trabajar y a la que le encantan las matemáticas; o Gayalakshmi, tan pequeñita que cabría en un cesto y que se pone a hacer pucheros en cuanto le pedimos que se acerque para hablar con ella.

Rajid, Shakila, Kumar, Anita, Mohammed, Uma, Gayalakshmi. Niños normales como otros cualquiera que apenas han vivido una década pero que cargan a sus espaldas un peso grande como el de la Tierra. Niños que sonríen mientras cuentan cosas que nos encogen nuestro corazón de niñas que crecieron con su ColaCao, sus patines y su abeja Maya y protestaban por tener que ir al colegio. Niños que, por primera vez han encontrado una oportunidad en la vida de dar una patada en el suelo y decirle al mundo "aquí estoy yo y os vais a enterar". Niños que, quizá, en el futuro, cumplan su sueño de ir a la universidad y salir del círculo de pobreza que los atenaza desde antes de nacer, al igual que lo han conseguido otros que también pisaron con sus pies descalzos el suelo de las escuelas en las que hoy estudian ellos.